viernes, 24 de abril de 2009

Moriré...

entre pinares, entre los hierros torcidos de mi compañero, pequeño y veloz. Moriré deslizando mi vista en estas curvas, guiada por la luz que se pelea con el negro de estas noches de verano. Yendo o viniendo para ver lo que más necesito. Para sentirlo y tenerlo cerca.
Él siempre está ahí abajo, empaquetado en olor de pino y verano, rodeado de pausado ruido de una noche verano, con sus sonidos meciéndome cuando me voy y cuando me acerco.
Y nunca se lo diré. Nunca le diré lo que tan bien sabe. No saldrán esas palabras. No se las dejaré oír. Lo sabe. Pero no lo oirá. Decirlo acabaría con todo. El misterio está en no decirlo, en pensarlo, cuando me acerco y cuando me voy. Mientras voy y vengo.
Ahora, mientras conduzco por esta serpiente que juega con la sierra y se asoma al balcón mirando al hondo donde está él. Ahora me sube de allí.
Ahora me lleva lejos, ahora el viento y los grillos me acompañan. Son los únicos que me acompañan. La radio aquí apenas se escucha. Sólo están los pinos, las sombras rotas por mis faros, el aire que me entra y me refresca. Aire para esa mente que necesita relajarse, salir del torbellino, del enfado, de la pasión que lo provoca.
No me llevará esta camino a ningún sitio, a ningún futuro, por mucho que le q... no lo hará, no me llevará sino lejos o a morir entre pinares.
Una parte de mí está muriendo con cada curva que me aleja, porque no voy a volver.
Sí.
Morí entre pinares.

No lo diré, me lleven donde me lleven estas curvas en la madrugada de una noche de verano. Nunca lo diré, y siempre lo sabremos, ambos.
El escribir no es hablar: Lo sabemos, lo supimos, lo sabremos.
Nos Quisimos.

Firma-Esa chica de hace años-

No hay comentarios:

Publicar un comentario